Sexualidad responsable

VALORES DE UNA SEXUALIDAD RESPONSABLE

- La sexualidad es una dimensión natural y sana de la vida.

- Todas las personas son sexuales.

- La sexualidad incluye dimensiones físicas, éticas, espirituales, sociales, psicológicas y emocionales.

- Todas las personas tienen dignidad y valor en sí mismas.

- Los jóvenes deberían verse a sí mismos como individuos únicos y valiosos dentro del contexto de su herencia cultural.

- Los individuos expresan su sexualidad de formas variadas.

- Los niños deberían obtener su educación sexual primaria en la familia.

- En una sociedad pluralista, las personas deben respetar y aceptar los diversos valores y creencias sobre la sexualidad.

- Las relaciones sexuales nunca deben ser coercivas o explotadoras.

- Todos los niños deben ser amados y cuidados.

- Todas las decisiones sexuales tienen consecuencias.

- Todas las personas tienen el derecho y la obligación de tomar decisiones responsables con respecto a su sexualidad.

- Las familias y la sociedad se benefician cuando los niños son capaces de hablar sobre la sexualidad con sus padres y/u otros adultos de confianza.

- Los jóvenes necesitan desarrollar sus propios valores sobre la sexualidad para volverse adultos.

- Los jóvenes exploran su sexualidad como parte de un proceso natural de llegar a la madurez sexual.

- Involucrarse de manera prematura en conductas sexuales implica riesgos.

- Los jóvenes que tienen relaciones sexuales deben tener acceso a información sobre servicios de salud y prevención del embarazo y las ITS/VIH.


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Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad humana, así como la virtud de la castidad y los actos contrarios a esta virtud.
Por Aurelio Fernández

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (...). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (...). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

- cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

- morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

- racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

- voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

- afectivo-sentimental: la sexualidad humana no es puramente biológica, sino que hace relación muy directa al amor;

- plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad humana, así como la virtud de la castidad y los actos contrarios a esta virtud.
Por Aurelio Fernández

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (...). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (...). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

- cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

- morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

- racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

- voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

- afectivo-sentimental: la sexualidad humana no es puramente biológica, sino que hace relación muy directa al amor;

- plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad humana, así como la virtud de la castidad y los actos contrarios a esta virtud.
Por Aurelio Fernández

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (...). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (...). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

- cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

- morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

- racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

- voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

- afectivo-sentimental: la sexualidad humana no es puramente biológica, sino que hace relación muy directa al amor;

- plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad humana, así como la virtud de la castidad y los actos contrarios a esta virtud.
Por Aurelio Fernández

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (...). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (...). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

- cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

- morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

- racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

- voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

- afectivo-sentimental: la sexualidad humana no es puramente biológica, sino que hace relación muy directa al amor;

- plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad humana, así como la virtud de la castidad y los actos contrarios a esta virtud.
Por Aurelio Fernández

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (...). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (...). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

- cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

- morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

- racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

- voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

- afectivo-sentimental: la sexualidad humana no es puramente biológica, sino que hace relación muy directa al amor;

- plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad humana, así como la virtud de la castidad y los actos contrarios a esta virtud.

Por Aurelio Fernández

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (...). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (...). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

- cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

- morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

- racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

- voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

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- plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

Con inmenso cariño desde España Maria LLácer




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